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Una y otra vez los sistemas
de reforma educativa en América Latina han fracasado. Detrás
de rimbombantes promesas se esconde una falencia ancestral. Es impensable
una reforma curricular, nuevas estrategias de enseñanza,
nuevas incorporaciones de contenidos, pero sobretodo el desplazamiento
de la epistemología que supone una enseñanza centrada
en una persona, a una dedicada a generar espíritu colaborativo
y capacidad de pensar en red; sin un nuevo tipo de docentes.
La situación en
este terreno es francamente paradojal. Se parece mucho a lo que
sucede en la economía. A la discusión entre quienes
hablan de primero agrandar la torta para después repartirla,
se ve eternamente retrucada por quienes insisten que cada vez que
se agranda la torta los que ya tiene parte privilegiada a su acceso
no harán más que acrecentarlo, por lo que agrandar
la torta no es generar más riqueza distribuida, sino reconcentrar
la que ya estaba en pocas manos.
En el campo educativo estamos en una situación parecida.
¿Quién formará a los formadores para que formen
a los usuarios en nuevas tecnologías? Si justamente lo que
necesitamos son usuarios nobles e inteligentes que en realidad eduquen
a sus formadores invirtiendo de este modo la causalidad formativa
tradicional. Sea como fuere hay que darle una salida radical a este
intríngulis y si no es posible resolver la paradoja al menos
habría que sumergirse en ella de modo pleno.
Porque la velocidad con que se multiplica el conocimiento, la transformación
vertiginosa del conocimiento en información, la necesidad
de disponer rápidamente de ella para desenvolverse estratégicamente
en contextos complejos y poco anticipables, hace necesario un nuevo
escenario de formación. El problema no está en el
qué, empero, sino en el cómo.
En toda América Latina la reforma educativa comenzó
por una actualización del conocimiento propuesto que, pedagógicamente
considerado, definió contenidos; es decir, la primera etapa
de nuestra reforma se centró en el qué de la enseñanza
y del aprendizaje. Esta definición como estrategia transformadora,
atraviesa todos los niveles del sistema y pone sobre el tapete la
cuestión docente. Así se crearon itinerarios formativos
(capacitación, reconversión, transformación
de la formación docente) tendientes a redefinir el vínculo
docente con la información y el conocimiento. Estos circuitos
resultaron necesarios pero no suficientes. El peligro fundamental
está en volver, a través de la llamada actualización
docente, a desconocer la caducidad del conocimiento, y el hecho
de que la escuela transmite ciertos conocimientos que, en el mismo
momento de su transmisión están siendo revisados,
rectificados o superados por las comunidades científicas.
Más allá de la valorización final que hagamos
de Internet lo cierto es que sus usos (cuando son creativos) rompen
con todas las estrategias de formación tradicionales. Por
ello los programas que realmente quieren romper el cascarón
de las propuestas vacías deben tomar en cuenta la problemática
de la gestión del conocimiento, propuesta orientada a la
inserción de las Instituciones de formación docente
en la Sociedad de la Información; por ello, es importante
plantear un proyecto que tenga como base y como marco a la información
y al conocimiento como estrategia de crecimiento institucional.
La Gestión del Conocimiento se da en la confluencia entre
sistemas de información, teoría de la organización
y estrategias gerenciales. En estas tres vertientes ubicamos nuevos
conocimientos y necesidades formativas. Desde el punto de vista
educativo la Gestión del Conocimiento se da como un campo
nuevo de investigación ligado a la organización escolar
e institucional, las estrategias directivas y al uso de las actuales
Tecnologías de la Información y la Comunicación
(TIC).
La Gestión del Conocimiento aparece hoy dentro del sistema
educativo íntimamente relacionado con el aprendizaje de un
sujeto de aprendizaje, obligado a vivir en un entorno cambiante
y acelerado.
Al abordar a la organización institucional como una comunidad
humana, debemos suponer un conocimiento colectivo construido por
el equipo directivo y docente, que trabajan relativamente separados;
en la dirección, la secretaría, la biblioteca, las
aulas, pero que conforman una red de personas, de temas, de intercambio
para el desarrollo organizacional.
Así, las actuales tecnologías de la información
y la comunicación cumplen un papel fundamental, es necesario
descubrir, revalorizar y utilizar como un sistema de comunicación
institucional, de intercambio de ideas y experiencias, en tareas
colaborativas y grupales. Las actuales tecnologías de la
información y la comunicación nos pueden brindar la
posibilidad de instrumentar comunidades de trabajo (listas de interés)
y no solamente comunicación burocrática.
Los Institutos de formación docente, entonces, deben proponerse
construir nuevas formas de comunicación basadas en competencias
y no sólo en procesos. Es decir, una nueva arquitectura de
información y comunicación institucional. Con nuevos
lenguajes, códigos que permitan identificar nuevos perfiles
y competencias, una nueva arquitectura tecnológica, que sea
abierta, más social, flexible, que atienda a las necesidades
individuales y potencie las capacidades de los involucrados. Una
nueva arquitectura de aplicaciones orientada más al conocimiento,
a la solución de problemas comunicacionales y no solamente
dedicada a los hechos burocráticos, administrativos e informativos.
Pero de lo que se trata es de evitar la declamación y avanzar
en el diseño. Insistimos en que necesitamos nuevos criterios
de distinción, y una nueva apertura epistemológica,
pero a lo mejor necesitamos algo más también y se
trata de entender que el mundo al revés en el que vivimos
(que todo lo burocratiza y que desaliña las pretensiones
de nueva formación) a lo mejor no lo es tanto, y que lo que
realmente necesitamos es dejar de inventarnos un mundo tal como
querríamos que fuera y aceptar el caótico que tenemos.
Alejandro
Piscitelli
(Director de Contenidos de Competir)

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