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Un siglo no empieza y termina
cuando el calendario lo manda. Con mucho tino el gran historiador
ingles Eric Hobsbawn sostuvo que el siglo XX empezó en 1918
a la vera del fin de la Primer Gran Guerra y termino en 1989 con
la caída del muro de Berlín.
Por eso política
y económicamente hace ya muchos años que entramos
en el siglo XXI. Pero cuando todavía nos estábamos
acomodando y haciendo un nicho confortable en él, pasaron
dos o tres hechos impresionantes que cambiaran para siempre su destino.
La caída de la bolsa del Nasdaq en marzo del año 2000
fue uno de ellos. El derrumbe de las Torres Gemelas en Manhattan
en Septiembre del 2001 fue otro. Y la impresionante quiebra de empresas
de tamaño intergaláctico como Enron, WorldCom o los
problemas sinfín de Vivendi y otros colosos lo que señalan
es la inflexión de un modo de hacer negocios y de imaginar
el futuro del capitalismo y de las transacciones comerciales de
todo tipo incluyendo las en línea.
Estamos viviendo la gran migración digital en curso. La migración
digital es un capitulo integral de la migración de una nueva
economía de los medios en la sociedad de la información.
En este siglo XXI que empezó en 1989 todos somos emigrantes
de una nueva economía creada por las tecnologías del
conocimiento que supone el desplazamiento hacia un planeta altamente
tecnificado.
Como lo vemos a diario (a pesar de una bola errática y de
compañías que duran un suspiro) las TICs están
posibilitando un movimiento continuo de productores y consumidores
hacia nuevas formas de comercio y de transacciones.
Mientras tanto se está construyendo un nuevo territorio sobre
la base de nuevos servicios y formas de información audiovisual,
cultural y artística que obliga a continuos traslados de
usuarios en torno a los nuevos productos.
Ahora si, de la mano de las telecomunicaciones y la innovación
digital podemos decir definitivamente que está adviniendo
un nuevo orden comunicacional.
Frente al mismo cabe desplegar dos miradas antitéticas. Están
quienes compran y venden una versión optimista y utópica
que predice una sociedad más igualitaria, libre, con pleno
ejercicio del derecho de expresión individual gracias a las
TICS.
Pero a la luz de las catástrofes y las anomalías también
se difunde una critica radical de las utopías tecnofílicas,
porque el desarrollo de las TICS no sería sino la fase de
adaptación del capitalismo salvaje, el ensanchamiento de
la brecha digital, y el sometimiento de la política a la
economía, etc.
Más allá de diagnósticos fáciles no
cabe duda de que los contenidos de la nueva comunicación
no son exclusiva ni preponderantemente comerciales. Su materia prima
son la lengua, la imagen, el arte, la música y la economía
y la tecnología y por lo tanto necesitan de un discurso de
trascendencia.
Estos discursos se plasman en mundos virtuales que están
estrechamente relacionados con la tradición científica,
literaria, filosófica y cultural.
Los medios electrónicos son los mejores difusores de estos
discursos de trascendencia que proponen resolver nuestra contingencia
en la fantasía de un mundo idealizado. Por eso todo lo que
antes estaba separado se une y mundos antes excluyentes como la
educación, el entretenimiento y los negocios, que antes se
veían como disjuntos o enemigos, de pronto se encuentran
profundamente entrelazados.
El cine suele adelantarse con sus fantasías a las experiencias
que luego la realidad vuelve cotidianas y habituales y no casualmente
uno de los grande éxitos del año 2002 fue Minority
Report (que junto a clásicos como 2001 o Blade Runner) pronostican
un futuro que a muchos no les gusta y que otros imaginan como acicate
para el cambio.
En este mundo confuso y complejo nos ha tocado vivir a los latinoamericanos.
Este continente se ha convertido en un laboratorio de experimentación
sin par. Nacen aquí nuevos movimientos sociales y nuevos
usos de la tecnología. Se abren de pronto nuevos escenarios
para la educación (virtual) y se generan nuevos publicas
y consumidores para contenidos digitales en permanente mutación.
El panorama es difícil pero genera desafíos. Ojalá
el 2003 y los años por venir nos estimulen a vivirlos creativamente.
Alejandro
Piscitelli
(Director de Contenidos de Competir)

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