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Cada vez que se defienden
las ventajas comparativas del libro respecto de la escritura electrónica
se repiten las mismas obviedades y lugares comunes. Que el libro
es tridimensional, que es completo en sí mismo, que no necesita
de ninguna interfaz más allá de los que la propia
dotación biológica nos dio en el curso evolutivo,
que es portátil, que es sensual al contacto y otras trivialidades
por el estilo.
Sin el oxígeno
del aire nos moriríamos. El libro cumple el mismo rol en
cuanto a la oxigenación del espíritu y habría
que ser muy necio o muy miope para desconocer qué bocanada
purificadora significó para la imaginación y los ojos
de la mente la invención del espacio virtual de la escritura.
Porque cuando defendemos al libro en contra de la computadora estamos
mezclando demasiadas cosas juntas y en el revolcón perdemos
de vista las connaturales ventajas del libro, y las no menos explícitas
desventajas que su formato conlleva.
Lo que importa en esta discusión no es el libro, sino la
escritura y la consiguiente operación de decodificación
que es la lectura. El libro no se opone a la computadora como lo
permanente a lo efímero, lo digital a lo analógico,
lo serio a lo entretenido, lo revelador a lo obturador, sino como
una tecnología del conocimiento a otra.
Si queremos adivinar (tarea imposible e inútil por otra parte)
cuál es el futuro del libro, tendremos que hacerle la pregunta
a otro interlocutor, no a la PC, ese mazacote informe e intimidador
que son los 10kg de fierros, alambres y electrones que ocupan un
escritorio, sino a la propia escritura.
Y si queremos algún atisbo de verdad, deberemos acudir a
la historia de los medios, a la interpenetración de soportes
y usos sociales del conocimiento para decir algo que tenga un poco
de pimienta y bastante de sal. Es decir a la ecología de
los medios. Porque ¿qué cosa más sosa puede
haber que plantearse cuál es el futuro del libro sin pensar
simultáneamente con y contra la televisión que ha
sido (y con mucho éxito por su parte) un dique de contención
más que llamativo en contra de la cultura imperialista del
libro, y de la red Internet que busca ser su relevo?
Porque ese es otro aspecto también sistemáticamente
olvidado por los adoradores del libro, cuál es la relación
que hay entre escritura y poder, entre culturas del libro, religión,
casta sacerdotal y sobre todo la relación íntima que
ha habido en la modernidad tardía entre alfabetización
y disciplinamiento.
En la antigüedad los libros estuvieron íntimamente ligados
al poder de las elites alfabetizadas, desde la biblioteca de Alejandría
pasando por las ciudades universitarias de la época de Gutenberg,
hasta llegar a los centros de investigaciones actuales.
Uno de los principales beneficiarios de la difusión del libro
han sido las editoriales -sobre todo las universitarias. Si tanto
se habla hoy del futuro del libro no lo es en relación con
la amenaza (cognitiva) que suponen las tecnologías digitales,
cuanto el peligro que corre una industria establecida como la editorial
(U$S 50.000 millones de facturación mundial anual) frente
a los desarrollos tecnológicos incesantes y de consecuencias
imprevisibles asociados al e-book.
En poco tiempo más el soporte físico libro perderá
progresivamente su hegemonía siendo casi completamente reemplazado
por los nuevos formatos digitales.
Perdido su valor como vehículos de la innovación y
la alta cultura los libros se convertirán en estrictos depósitos
de entretenimiento (desde la literatura más refinada a los
best-sellers más obtusos) y en todas las formas de gratuidad
en que la mente ejercitará su derecho a valor. No es poco.
Pero no es todo.
Y al revés, la capacitación cambiará de cabo
a rabo dado que hasta el presente la misma se organiza integralmente
alrededor del recurso libro y muy circunstancialmente utilizó
otros soportes audiovisuales y muy marginalmente las tecnologías
digitales. Tal como se puede apreciar en las nuevas propuestas de
e-book en sitios como Cervantes
Virtual y e-book.org,
dicha época está llegando a su fin. La capacitación
y el aprendizaje utilizará cada vez más a los libros
digitales y a las formas fluidas de información propia del
universo digital.
Los dolores de parto no serán menores pero las promesas y
posibilidades que se abren entrando a un nuevo régimen de
escritura y lectura son mayúsculas. En la historia hubo pocos
momentos de cambios de fase, este es uno de ellos. Magnífica
oportunidad para agudizar nuestro ingenio y creatividad.
Alejandro
Piscitelli
(Director de Contenidos de Competir)

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