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La tecnología tiene
un apetito voraz. Cada ingeniero o diseñador participa del
espíritu fáustico. Si algo puede ser hecho, debe ser
hecho. Y si bien en casos extremos (energía atómica,
bioingeniería), esta disposición puede dar lugar a
peligros mayores, la misma se extiende por todo el ancho y amplio
campo de la tecnología en relación con la sociedad
y vuelta.
En el caso que nos ocupa,
el de las tecnologías del conocimiento y, más precisamente,
las educativas, la situación no varía un ápice.
Frente al desafío infinito que supone dar de comer simbólicamente
a la infinita mayoría hambrienta de saber y de saber hacer
que existe en el mundo, una y otra vez los ingenieros nos han querido
seducir con una solución buena y barata.
Desde la imprenta a la radio y la televisión, desde el software
educativo al e-learning, desde la educación asistida por
la computadora a los cursos interactivos multimedia, la solución
se nos promete final, mientras que el problema de la capacitación
no mengua, y la demanda asiste azorada a decepciones cada vez mayores.
¿Qué se puede hacer para que la segunda o tercera
generación de e-learning hoy en marcha no cometa los mismo
errores de sus antecesoras, y que por una vez por fin el problema
sea visto desde un lado integral y no meramente desde una de las
orillas?
Porque el gran defecto de las soluciones tecnológicas anteriores
frente a las demandas educativas fue precisamente su unilateralidad.
Eran soluciones desde la oferta para una demanda que rara vez necesitaba
sólo eso y nada más que eso. Y al revés la
demanda educativa rara vez logró expresar con claridad, precisión
y detalle qué cosas podrían o deberían ofrecerle
las tecnologías para cumplir acertadamente con sus necesidades
-desconfiando, al revés, de su valor.
Nos encontramos así, como en mucha otras áreas, ante
una dictadura de los extremos, o de las tecnologías que quiere
imponer soluciones fáciles a problemas difíciles.
O de la educación que cree poder modificar sin dificultad
el destino de las tecnologías y sus posibles reinvenciones
de un modo lineal y falto de todo realismo.
En el medio lo que queda preso y mal atendido es precisamente la
instancia clave de todo el proceso educativo moldeado tecnológicamente.
A saber el usuario. Primer craso error que multiplican mutuamente
los ingenieros y los educadores. El usuario (o el cliente), el alumno
(o el educando) no es una tabula rasa. Por el contrario el alumno
(o el empleado) llega siempre a la situación de aprendizaje
con algo (o mucho) en sus alforjas (el tema está estupendamente
analizado por Diana Laudrillard en "Rethinking University Teaching.
A framework for the effective use of educational technology"
(Routledge, 1993).
Todos los alumnos (empleados) llegan al aula (virtual) con una dosis
diferente de conocimientos previos. Que muchas veces son errados,
pero otras tantas no. El sueño de la tecnología educativa
es poder tomar a quien debe aprender algo (desde un soft a una forma
de analizar problemas, desde una mejora en la toma decisiones, hasta
la capacidad para el estudio comparativo de productos o servicios)
en el punto exacto en donde está hoy y llevarlo al final
del proceso de aprendizaje indolora, rápida y efectivamente.
El sueño de todo pedagogo es que las tecnologías instruccionales
a la moda (en este caso el e-learning) puedan cumplir con ese mandato,
personalizar la transferencia de conocimientos, testear en forma
individualizada y dejar a todo el mundo contento.
Pero salvo en el "Mundo Feliz" de Huxley, tales pretensiones
rara vez se concretan en la magnitud y éxito deseados. Y
en el estado actual del e-learning quizás una de la patas
más descuidadas haya sido el usuario. Porque las tecnologías
avanzan decididamente y sus modos de implementación en la
educación no se quedan atrás. Pero de quien sabemos
poco y nada -y por ello urgen estudios en esa dirección-
es del alumno / usuario en el proceso de e-learning.
A diferencia de la educación presencial, en el e-learning
el grado de automotivación, de alfabetización específica,
de capacidad de organizar el propio tiempo de aprendizaje es altísimo.
Sumado a ello que en el caso corporativo mucho de lo que se va a
aprender aparece fuera de un contexto afectivo y de interacciones
fuertes con colegas y compañeros, es de esperar resistencias
y dudas, algunas fundadas.
La experiencia concreta en casos como el de la Escuela Virtual de
Telecom (ver entrevista a Andrea Montesano en este número)
nos está proveyendo de ricos insumos para entender el e-learning
desde el lado el usuario. Es de esperar que en nuestro rediseño
de cursos, y en la implementación de futuras soluciones lo
aprendido en este caso vuelva a los futuros educandos mejorando
y superando nuestras prestaciones actuales. Para bien de todos.
Y para nuestra mutua satisfacción.
Alejandro
Piscitelli
(Director de Contenidos de Competir)

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