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Una
rápida revisión de las principales tecnologías
que al cambiar la forma de comunicarnos cambiaron al mismo tiempo
a la sociedad nos muestra un hecho repetido. Se trata de tecnologías
que asociamos a un nombre propio.
El primer telegrama de
la historia fue enviado el 24 de Mayo de 1844. El mensaje enviado
por Samuel B. Morse decía -como escrito para la historia-:
"Lo que Dios nos ha legado". No menos famoso fue el primer
mensaje que bautizaría la era del teléfono. También
fue pronunciado por otro autor célebre. Esta vez fue Alexander
Graham Bell quien dijo "Mr.Watson, venga para aquí,
quiero verlo". No tenemos registro de cuál fue el contenido
de la primera transmisión inalámbrica de Guglielmo
Marconi en 1895. De lo que no cabe duda es de que el inventor cosechó
en vida honores sin fin, entre los que se incluye el Premio Nóbel
de Física en 1909.
Mas allá de merecimientos y testimonios, y del hecho de que
la frase justa no haya quedado grabada en ningún libro Guiness
de los records de los grandes innovadores en la práctica
de la comunicación que hubo en el siglo XIX y XX, no hay
nadie más ignorado, poco admirado y sobre todo, ausente de
los panteones de la innovación tecnosocial y cibercultural
como Ray Tomlison. Tomlison es más conocido por haber sido
quien adoptó la @ como distribuidor de los mensajes que por
haber iniciado la locura que dio lugar a la revolución del
e-mail. El primer mensaje de e-mail de la historia viajó
mucho para recorrer una distancia de apenas unos metros y tuvo un
contenido temático casero. Se lo envió Tomlison a
sí mismo haciendo varios tests de prueba y casi seguramente
lo único que llegó al receptor fue una ristra de caracteres
sin sentido como "qwertyiop", que son tan sólo
las primeras teclas de la segunda fila entera en el teclado de computadora.
Algunos investigadores reconocieron desde los inicios las ventajas
de los sistemas de correo electrónico por encima del correo
postal tradicional. Con el nuevo medio se podía escribir
en forma un tanto abrupta, cometer faltas de ortografía,
dirigirse a un superior y sin embargo no ser penalizado por ninguna
de estas fuentes de incorrección organizacional. También
el e-mail superaba en mucho al teléfono ordinario, al pasar
por alto todos los preámbulos de la cortesía e ir
directamente al grano. Por otra parte, todos los pedidos y promesas
vehiculizados por el correo electrónico quedaban registrados
y eran almacenados y, lo más importante de todo, ni el emisor
ni le receptor tenían que estar presentes al mismo tiempo.
Tomlison ha dejado en claro reiteradamente que la invención
del e-mail fue un hecho azaroso y no premeditado. Lo mismo que sucedió
con la WWW 20 años más tarde, había tenido
su antecedente en estos tempranos inicios.
Aunque difícilmente su logro sea comparable a las de los
genios individuales del principio de esta crónica (Morse,
Bell, Marconi) no estaría nada mal que quienes ven a las
innovaciones como procesos anónimos e inevitables le prestaran
un poco de atención a los aportes de personas de carne y
hueso como el ingeniero Tomlinson, en una era de incertidumbre y
despersonalización.
Alejandro
Piscitelli
(Director de Contenidos de Competir)

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